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Vamos a hablar de la misión y el propósito.
Llegamos a este planeta como una gota de un océano infinito del cual nunca dejamos de formar parte. Nos encarnamos en un pequeño cuerpo físico que comienza a gestarse a partir de la unión de un óvulo y un espermatozoide. En ese proceso se forma un sistema nervioso, un corazón y una biología que trae consigo, epigenéticamente, las historias, experiencias y memorias de quienes nos precedieron.
Permanecemos nueve meses en el vientre materno, configurando gran parte de nuestra experiencia de vida a través de la percepción, las emociones y la historia de mamá. Desde allí comenzamos a construir una manera particular de habitar el mundo.
Nacemos en un momento único y específico que nos imprime una determinada configuración energética, expresada simbólicamente en nuestra carta natal, cuyas cualidades se condensan y manifiestan en nuestra experiencia humana.
A partir de entonces, una biología orientada a preservar la vida y evitar aquello que percibe como amenaza comienza a desarrollar un ego. Un ego que busca acercarse a lo placentero y alejarse de lo doloroso, generando mecanismos de adaptación, supervivencia y protección.
Así, vamos desarrollando apegos, creencias, programas, estructuras y formas de interpretar la realidad. Todo ello va configurando, muchas veces de manera inconsciente, objetivos, deseos y propósitos que creemos propios, pero que en realidad suelen ser el resultado de múltiples condicionamientos, la mayor parte de ellos de superviviencia pura y dura.
Y entonces aparece la gran pregunta:
¿Ese propósito que persigo es verdaderamente mío o es la consecuencia de mi historia, mis programas y mis condicionamientos?
Tal vez la misión más profunda consista precisamente en descubrirlo.
Lo interesante es que, desde esta mirada, podríamos decir que llegamos como conciencia pura, como potencial infinito, pero rápidamente comenzamos un proceso de condensación.
Primero, nos condensamos en una biología. Después, en una historia familiar. Más tarde, en una cultura, una época, un sistema de creencias, una identidad, un nombre, un género, un país, una religión, una profesión, una personalidad.
Y todo eso configura una experiencia humana única.
El problema es que gran parte de esa configuración ocurre antes de que tengamos conciencia de nosotros mismos. Cuando finalmente aparece el «yo», ese yo ya viene profundamente programado.
Entonces empezamos a vivir persiguiendo objetivos que creemos propios, pero que muchas veces no lo son.
- Busco reconocimiento porque hubo exclusión.
- Busco seguridad porque hubo peligro.
- Busco pertenecer porque hubo abandono.
- Busco éxito porque hubo carencia.
- Busco ser necesario porque sentí que mi existencia dependía de ello.
- Busco amor porque confundí amor con supervivencia.
Así, el ego construye un propósito inconsciente: reparar, compensar, repetir, completar o resolver aquello que quedó pendiente en la historia personal, familiar o colectiva.
Y aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Mi propósito es verdaderamente mío o es la consecuencia automática de mis condicionamientos?
Porque una cosa es el propósito del ego y otra muy distinta es el propósito del alma.
El propósito del ego suele estar orientado a la supervivencia: obtener, evitar, defender, controlar, reparar, demostrar, pertenecer.
El propósito profundo, en cambio, parece emerger cuando comenzamos a hacer consciente todo aquello que nos condiciona.
Quizás la misión no sea agregar algo más a quienes somos, sino recordar lo que somos antes de todas las identificaciones.
Tal vez el propósito no sea convertirnos en alguien, sino desidentificarnos progresivamente de aquello que nunca fuimos.
Y paradójicamente, cuando dejamos de vivir únicamente para sobrevivir, aparece algo nuevo: la posibilidad de crear.
Pasamos de ser respondedores automáticos de la vida a convertirnos en creadores conscientes de experiencia.
Entonces la pregunta deja de ser:
«¿Qué tengo que hacer en la vida?»
y se transforma en:
«¿Desde qué nivel de conciencia quiero vivir la vida que me elegí experimentar?»
Porque quizá la misión no sea un destino al que llegar, sino una manera de habitar el camino.
Y cuanto más consciente me vuelvo de mis programas, mis lealtades, mis apegos y mis miedos, más libre soy para elegir.
Y allí, tal vez, comienza verdaderamente el propósito.
¿CUÁL ES LA PROPUESTA DEL TALLER?
Darnos cuenta de que ese propósito no es un propósito del alma, es una configuración, como un seteo de un sistema operativo cultural, social, económico, religioso, familiar, y que, más allá de lo energético que da la astrología. Y después nos lleva un largo período separar de todo eso lo que de verdad sentimos como propósito o como misión, a los fines de la razón por la cual vinimos acá. La propuesta del taller es indagar en estos conceptos.
La propuesta desplaza la pregunta clásica «¿Cuál es mi propósito?» hacia otra mucho más profunda: «¿Quién soy cuando dejo de identificarme con todo aquello que me programó?»
Indagaremos en preguntas esenciales:
- ¿Quién soy más allá de mi historia?
- ¿Qué deseos son genuinamente míos y cuáles fueron heredados?
- ¿Qué programas familiares y culturales condicionan mis elecciones?
- ¿Qué repito por lealtad, miedo o necesidad de pertenecer?
- ¿Qué energías y potencialidades trae mi configuración de origen?
- ¿Qué quiere expresar la vida a través de mí?
Más que encontrar respuestas definitivas, la propuesta es desarrollar conciencia.
Porque quizás el propósito no sea algo que debamos alcanzar, sino algo que comienza a revelarse cuando dejamos de identificarnos con aquello que no somos.
Tal vez la misión más profunda consista en recordar quiénes somos y aprender a vivir desde esa verdad.
¿CÓMO SE DICTARÁ EL TALLER?
Este taller es PRESENCIAL y está diseñado para que puedas integrar el conocimiento de manera práctica y vivencial.
Teórico práctico con material previo y posterior para adentrarte en la tarea individualmente, también.
Solo 15 lugares.
Bienvenidos.

